martes, 18 de diciembre de 2012







(De una carta a Vicente Díez Faixat)



Viñao, 9 octubre 2007



Querido Vicente:
                Hace unas semanas, viniendo de Madrid paramos a comer un bocadillo antes de entrar en Urueña (Valladolid), donde tienen su refugio para la inspiración y la tranquilidad unos cuantos escritores.

Siempre disfruté mucho de los bocadillos en plena llanura castellana. El caso es que esta vez desperté al día siguiente muy temprano y la ociosidad de madrugador involuntario me llevó a “filosofar” sobre las virtudes del bocata, quizá para compensar mi mala conciencia por no saber cocinar. También, ya que me dices en un correo lo de haber pasado la fatídica edad de los cuarenta, el bocadillo tiene su ecuador, y como la vida, no lo soltamos en ningún momento hasta llegar al final del pico.

Al volver a leer con más detenimiento el artículo que me enviaste ayer de Mauricio Pezo sobre la relación de lo útil y lo inútil con la arquitectura y el arte, me paré en algo que me gustó mucho: en lo del comedor, en cómo los muebles y los objetos intermedian gradualmente entre la arquitectura y nosotros hasta llegarnos, en este caso, hasta la boca que toma el alimento. De ahí me vino el enlace con la arquitectura del bocadillo y con su miga. Así que te mando los párrafos que siguen, tintados con un poco de humor (¿es inútil el humor?) sobre el bocata como arquitectura portátil y efímera, libre del protocolo del comedor:

La mesa, los platos, los tenedores, las cucharas y los cuchillos intermedian entre la arquitectura del comedor y el comensal. Los cubiertos son la última escala que acaba contactando físicamente con el usuario hasta llegar a su boca.

El bocadillo, sin embargo, además de alimento es arquitectura él mismo; arquitectura portátil con una escala y una forma ajustadas a la mano. Arquitectura porque cuenta con planta, sección y alzado: planta, porque el pan tiene una cara para su asiento; sección, porque literalmente la crea el filo del cuchillo que lo abre en dos; y alzado, no en su morfología sino en su carácter portátil cuando la mano lo coge y lo levanta.

No sujeto a las normas del comedor, el bocadillo es más libre. Lo propio es que se coma fuera de hora y de lugar (libertad de espacio-tiempo). Además posee un componente erótico, de apariencia masculina en su exterior y femenino por la sección, ocultando en el interior más de lo que enseña en el perímetro. También guarda cierta analogía con el ying y el yang, pues sus partes se complementan arriba y abajo, y el progreso de quien lo come lo lleva a recorrer una simetría de un pico al otro.

La arquitectura, atendiendo a lo funcional y a lo útil, está sujeta al protocolo y al servicio del comedor. Sin embargo el arte se parece más al bocata, más propio para ácratas amantes del aire libre. Pero nuestra realidad se impone más compleja, también con la sustancia entre dos tapas que seguramente tienen algo que ver con los dominios que corresponden a los hemisferios del cerebro. No podemos prescindir de ninguno de los dos, aunque por cuestiones sociales, culturales y de educación –Ciencias y Letras- hayamos creado tabiques y jerarquías entre ellos, pero lo importante tiene que residir forzosamente en la transversalidad que podamos crear entre los dos lados que se complementan: necesarios y como añadido uno del otro, antes que útiles o inútiles.

Paco

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