domingo, 16 de diciembre de 2012




Para qué sirve el arte


Todo lo que durante algún tiempo habita en nuestra mente acaba dejando en ella sus propios moldes abiertos. Así ha venido sucediendo con la filosofía, la religión y el arte. Si primero se fue creyente, después se podrá abandonar la creencia, pero nunca el espacio abierto por ella. Posteriormente se llenará ese espacio con otros contenidos; sin embargo, no se logrará evitar que éstos tiendan hacia la forma del molde que los acoge.

Miramos el mundo sujetos a nuestros propios moldes, situando fuera el eco de nuestra plasticidad interna. Colocamos marcas en nuestro entorno para reconocernos y afirmarnos en ellas, para asirnos al reflejo exterior de nuestra medida ante la magnitud de lo existente. Por eso, cuando el ser humano comenzó a construir sus marcas, lo que en realidad tallaba era la medida de su distancia, de su conciencia de descubrirse diferente. Hoy, aunque con otros medios, continuamos con la misma necesidad de marcar y aprehender las distancias, ya sea en las entrañas de lo micro o poniendo a Sojouner en Marte.

Con los datos que nos da el cosmólogo Joel Primack, recuperamos la idea de que el ser humano se sitúa en el centro del Universo. Entre el horizonte cósmico y lo más pequeña que pueda ser una cosa (la dimensión que se obtiene de dividir un centímetro en mil billones de trillones de partes iguales), la media de los humanos se encuentra en el centro. Ese centro –esa medida-, según dice Joel Primack, es el único que permite que existan criaturas inteligentes. O dicho de otro modo: nuestra medida y nuestra inteligencia intermedian en el Universo. De ahí esa necesidad de búsqueda y de apertura hacia nuevas visiones que nos sustenten entre lo grande y lo pequeño, y de ahí, también, la necesidad de que con el avance de las búsquedas se dé igualmente otro avance en el enriquecimiento de la visión misma y en la influencia que ésta pueda tener sobre la experiencia irrepetible de nuestras vidas.

Vivimos y nos desplazamos llevando nuestra propia abertura visual por delante, asomados a esa ventana de luz y espacio-tiempo donde exteriorizamos la ilusión de las imágenes. Sin embargo, esa ilusión de las imágenes no se sustenta sólo en el lleno que ellas encierran, sino, también, en aquello que les falta y la mirada abre. Vemos únicamente hasta el cierre de los límites –de nuestros límites-, pero imaginamos más allá de ellos. Percibimos la realidad avanzando por partes, inmersos en ella y a través de sus detalles, pero inscribiendo éstos en un telón de fondo mucho más amplio (gestaltismo). De esta manera, la realidad se nos presenta inconclusa en el tiempo e incompleta en el espacio, y, por ello, abierta a la posibilidad de nuestros sondeos: científicos, filosóficos, religiosos y artísticos. Y es en esa inconclusión, y en su abertura, donde cabe la proyección del mirar creativo, porque somos la única orilla consciente que, con mayor o menor inteligencia, mira dando crédito a la distancia, es decir, dando crédito a la imagen que construye y revela en el encuentro visual con lo externo.

Ese espacio de la distancia, el que nos une y nos separa, es el que el artista trabaja. Cuando un pintor se instala con su lienzo frente a un paisaje, lo que en realidad va a pintar no es el paisaje, sino el espacio de un tránsito: el que él recorrerá con su mirada, nunca de vacío, en su continuo ir y volver del lienzo al paisaje y viceversa: Junto al pintor permanecerá fija la paleta; por ella irán pasando sus miradas convirtiéndose en mezclas. El artista actúa así como intermediario entre sí mismo y la perspectiva de su diferencia. Finalmente, el cuadro, más que un cuadro, resultará ser el límite de acá de ese espacio recorrido, o sea, la abertura que ya permite al espectador mirar, con cierta alteridad, lo mismo que antes el pintor trascendió guiándose entre dos lados: el suyo propio y el otro que tomó prestado.

Entre lo propio y lo prestado nos equilibramos en la percepción de nuestra existencia. Y ahí, en medio, es donde el influjo del arte trastoca nuestros prefijos (lo pre-visto) y nos vuelve la mirada más afectada, descubridora y atenta. Sin el impresionismo, por ejemplo, continuaríamos con la discriminación cromática de las sombras (con negro en vez de azul). También sirve el impresionismo, y la utilización en él de los colores complementarios, como metáfora del arte en general: como un medio que nos ayuda a situarnos en la realidad volviendo nuestra existencia y nuestra percepción más ricas y complementarias. Para eso sirve el arte, para, en el contraste entre lo propio y lo prestado, humanizar y afirmar la singularidad de nuestra mirada complementaria.


(Publicado en el diario La Nueva España el 6 de abril de 1999)

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