domingo, 27 de enero de 2013


Paternidad de la crisis
El arte como paradigma


Cuando ustedes repitan la manida frase estamos en crisis a mí no me incluyan. Igual que mis conciudadanos vivo en un marco de dificultades, pero yo no estoy en crisis, al menos no más que antes. Cuidemos el lenguaje para no caer en la trampa de nombrarnos a nosotros como padres o partícipes de lo que han creado otros. Podremos haber sido sumisos, pero la paternidad de la actual situación no es de todos. Que nos encontremos dentro de una crisis que afecta a la colectividad no significa que nosotros mismos estemos en crisis.

Yo no estoy en crisis, ni en lo personal ni en lo profesional; sigo con igual o mayor capacidad para sumar ideas a mi discurso, con ilusiones y ambiciones, con retos, trabajando..., incluso con las mismas incertidumbres de siempre, las propias de mi profesión, igual que las de tantos en diferentes profesiones. Los que sí están en crisis son los que la han creado y consentido; aunque la suya no es económica sino ética, ideológica y social.

Los humanos somos la especie animal con más dependencia de los demás; nuestra infancia es la más larga, tardamos mucho tiempo en valernos por nosotros mismos, y durante ese periodo es cuando más aprendemos, socializándonos. Por lo tanto, cuando alguien crea importantes desequilibrios con graves perjuicios para la colectividad, también cabe hablar de una forma de analfabetismo social -el otro extremo del humanismo-, o de incapacidad para encontrar la propia realización y las satisfacciones en la mejora del tejido colectivo del que se forma parte, en el que siempre se justifica nuestra individualidad, pues sin él no seríamos casi nada, como demuestran los casos de niños extraviados que se han criado solo con animales, muy difíciles de socializar después.

El caso es que la actual situación, salvo excepciones, se viene utilizando políticamente como instrumento para mermar, entre otras cosas, aquello que tanto contribuyó a humanizarnos y propició nuestro mayor salto evolutivo: el arte. Porque los recortes y subida de impuestos al arte y a la cultura, reduciendo canchas y oportunidades en mayor proporción que en otros campos, no corresponde a una crisis económica sino a una visión política pobre que genera más pobreza. La crisis también es de ideas, de eficiencia y de falta de una autoridad política coherente y legítima, por carecer ésta de una visión a corto y largo plazo para generar cambios y nuevas perspectivas, y para hacerlas valer sin sumisión y dependencia ante un poder económico con un dominio de efecto piramidal.

No se levantó Stonehenge con un gran esfuerzo colectivo por un exceso de bienestar económico y material. Las artes no obedecen a lo útil sino a lo necesario, aunque podamos posar nuestro culo en una silla de la Bahaus. Nuestro mayor salto evolutivo se dio con la transversalidad de las inteligencias, cuando a nuestra capacidad para construir le añadimos un sentido social, dando así un significado simbólico a lo construido para que pudiera servir como nexo para el grupo. Para ello fue necesaria una mirada y un hacer que dieran una nueva extensión a la realidad para poder aprehenderla de otra manera, humanizándola, convirtiendo los lugares en espacios con un sentido trascendente...

Pero lo que hoy podría servir como paradigma del arte también permitiría su aplicación en lo pragmático, pues la creación artística exige flexibilidad para abordar lo mismo desde diferentes frentes y perspectivas con nuevas percepciones, interrelación entre campos diferentes, equilibrios entre lo experimentado y lo imprevisto, relaciones entre las partes y el conjunto, empeños y perseverancia mantenidos a largo plazo, avances con riesgos y apuestas, revisiones críticas de lo propio y lo ajeno, una forma de entender los contrastes y las diferencias de modo complementario y progresivo, una evolución como una dialéctica hegeliana...

Todo ello y mucho más, sumando sentido común a la creatividad, es lo que estamos necesitando hoy, salvo que nos dejemos engañar por no querer ver que la parte noble de la cultura es la que nos sigue enriqueciendo y humanizando, pudiendo ser también, en todos los sentidos, rentable y eficiente para el desarrollo de nuestras vidas, salvo que caigamos en la banalización de los valores que nos ha llevado a esta crisis, que es mucho más que económica y se ha instrumentalizado como herramienta de dominio para rebajar buena parte de nuestros derechos.