viernes, 1 de febrero de 2013



El curriculum del artista


El Greco le resultó demasiado moderno a Felipe II, mecenas de las artes, y lo relegó en El Escorial rechazando su pintura El martirio de san Mauricio para una de las capillas de la basílica, considerando más a otro de tercera fila, como Cincinato. En este caso, como en todos, el curriculum se hizo a medias, con el contraste de dos visiones: la de El Greco, de largo alcance; y la de Felipe II, más corta.

Las Meninas, de Velázquez, cobraron más auge a finales del siglo XIX gracias a los artistas que vieron en esta pintura unos valores matrices del arte impresionista. Velázquez, además de hacer curriculum con Felipe IV, también lo engrosó después de muerto con sus colegas.

Van Gogh solo vendió un cuadro en su vida. Pero este dato no habla solo de Van Gogh, sino igualmente de la sociedad de su tiempo y de su entorno.

Kahnweiler, marchante alemán, va unido a una parte del curriculum de Picasso, entre otras cosas, por saber ver Las señoritas de Avignon y defender su cubismo. Lo mismo podemos decir de Matisse y del coleccionista ruso Serguei Schukin, por la importancia de los encargos que le hizo, muchos cristalizados en obras maestras del siglo XX.

El mundo literario cuenta con el supuesto caso del gran despiste del editor Seix Barral al rechazar Cien años de soledad, de García Márquez, algo que después negó uno de los nietos del editor. Los Oscar suman a su curriculum la ausencia de Hitchcock...

En cualquier caso, y sin necesidad de más ejemplos, lo que sí está claro es que los artistas somos responsables al cien por cien del resultado de nuestras obras, y en ese resultado se encuentra exclusivamente “nuestro” curriculum, porque el otro, acertado o equivocado, lo hacen los demás con nosotros bajo su responsabilidad para configurar lo que después deriva, favorecido o desfavorecido, en su propio retrato, para dejar que el tiempo sea el juez que pone en su sitio las carreras del arte y de la vida.