martes, 23 de abril de 2013




Noche del libro

Leo hoy artículos sobre el día del libro y reflexiono sobre mis lugares de lectura. Me doy cuenta de que me gusta leer en lugares encapsulados; en autobuses en los viajes largos, en el coche cuando estoy aparcado suficiente tiempo, y en la cama por la noche, que es una cápsula con sábanas dentro de la otra gran cápsula de la nocturnidad.

Por alguna razón, que quizá tenga que ver con el recogimiento, prefiero el horario nocturno para leer, aunque también lo intenté, por un mejor aprovechamiento del tiempo, a las seis de la mañana, sin mucho éxito. Se lo había oído a Iñaki Gabilondo hace años, que él leía de madrugada antes de ir al programa de radio de la SER, pero se ve que tales horarios solo son para madrugadores despejados.

Las páginas, para mí, son como las sábanas, porque me permiten meterme en su intermedio. Meterme y también salir mentalmente. Una palabra, o una frase, me pueden llevar ensimismado durante largo tiempo a otros lugares alejados, hasta que me olvido de las páginas y las sábanas.

Los libros sirven para evadirse, dentro y fuera de ellos, para ir, olvidarlos, y volver a su hilo. Nos llevan y nos traen dejándonos libres, sin comprometernos. Pueden estar en absoluta quietud muy cerca de nosotros durante años, pacientes hasta que queramos volver a acostarnos con ellos.