domingo, 18 de mayo de 2014

LA VIDA PÚBLICA DE LAS ESCULTURAS








En un paseo por el Parque del Cabo de San Lorenzo, de Gijón, veo la escultura de Amadeo Gabino, “Homenaje a Galileo Galilei XV”, con una de sus dos piezas doblada y caída. No sé cuánto tiempo lleva así, supongo que será como consecuencia de los últimos vendavales que causaron tantos destrozos. En cualquier caso, doy por supuesto que la institución responsable ya tiene en sus previsiones la reparación de esta obra que se instaló en 1997.

Pero al ver la escultura de este modo no puedo evitar una reflexión sobre algo que me parece muy evidente: la distinta consideración que, en general, se tiene sobre las obras de arte públicas. Y al decir públicas no me refiero solo a las que se encuentran en espacios abiertos, como calles, plazas o jardines, porque igual de públicas son también las que albergan y exhiben los museos y otros equipamientos institucionales.

Parece lógico que si para mantener un parque o un edificio se cuenta con asignaciones presupuestarias, también se cuente con presupuestos para mantener en perfecto estado el patrimonio artístico que enriquece tales espacios. Nunca he visto un parque en el que no se corte el césped periódicamente por falta de presupuesto, ni un edificio institucional en el que pasen años sin limpiar la moqueta o las ventanas, ni una agresión a las obras de arte de un museo sin una denuncia y una posterior actuación policial. ¿Por qué lo mismo no se considera igual para el arte dentro y fuera de los museos?

La reiteración de graffitis vandálicos, la contaminación ambiental, la suciedad, el envejecimiento y deterioro de los materiales y estructuras, la pérdida de intensidad de los colores, etc., son aspectos a considerar en la conservación de las obras de arte para que mantengan las supuestas virtudes con que fueron inauguradas, y para ello debería haber habilitados presupuestos igual que para mantener cualquier edificio institucional en el día y a día y en plazos largos, algo con lo que los ciudadanos cumplimos cuando pagamos los recibos de una comunidad de vecinos o cuando queremos conservar cualquier bien particular. Hasta con lo vehículos particulares estamos obligados a pasar periódicamente una ITV. No cabe duda de que la consideración de lo público y su carácter democrático, se encuentra hoy muy degradado socialmente por un bajo nivel educativo y cultural, y por la irresponsabilidad consentida de quienes a la vista de todos tratan los espacios comunes como basureros.

Resultaría contradictorio que las instituciones que hoy justifican su existencia por la Cultura que figura en el nombre de sus rótulos, jerarquizaran mal los medios destinados al mantenimiento del patrimonio artístico en comparación con el mobiliario y otros elementos de los mismos espacios en los que tal patrimonio se encuentra. En el caso de lo que hoy entendemos como arte, porque no siempre se entendió así, no debemos olvidar que lo artístico ya lleva con nosotros desde la Prehistoria en espacios comunitarios. No puede ser que en el siglo XXI consideremos en la práctica que la vida pública de las esculturas tiene menos valor al aire libre, salvo que una falta de luz de los responsables les lleve a pensar que el arte no vale igual, dependiendo de que se vea bajo unos focos de museo o bajo las estrellas del homenajeado Galileo.

Publicado en La Nueva España el 4 de mayo de 2014

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